CATOLICOS DE PUERTO RICO

Llevando la luz del Evangelio a toda la tierra

Año de la Eucaristia

Año de la Eucaristía

 

DE CORAZÓN A CORAZÓN 

¡Año de la Eucaristía!
Editorial- Madre Adela Galindo, Fundadora, SCTJM

Queridos hermanos y hermanas:

Con la Carta Apostólica «Mane Nobiscum Domine», dada el pasado 7 de octubre, Su Santidad Juan Pablo II inició el Año de la Eucaristía que se celebrará en toda la Iglesia, entre octubre de 2004 y octubre de 2005.

¡Quédate con nosotros! Con esta invitación apremiante que los discípulos que se dirigían hacia Emaús hicieran al caminante que se había unido a ellos a lo largo del trayecto, el Santo Padre comienza esta Carta Apostólica y así quiere orientarnos a que este año nos dediquemos a contemplar el gran misterio de Cristo realmente presente en el don de la Santísima Eucaristía. Aquellos discípulos iban por su camino con el peso del desconsuelo y del desánimo ante todos los eventos acontecidos unos días atrás en Jerusalén. Parecía que la oscuridad les rodeaba y su esperanza estaba debilitada. En medio de esas sombras y penumbras, el Caminante desconocido les acompaña, está en medio de ellos, les explica con ardor las Escrituras, les incendia el corazón y les disipa las tinieblas interiores, a tal punto que nos dice San Lucas (24:29): «se les abrieron los ojos».

¿Acaso no parece este relato del evangelio de San Lucas, la realidad en que muchos discípulos de Cristo nos encontramos hoy? ¿No vamos acaso por nuestros caminos cotidianos conversando sobre la oscuridad espiritual, moral y social en la que la civilización moderna está sumergida? ¿No nos entristecen acaso los sufrimientos de tantos hermanos sorprendidos por las fuerzas destructoras de la naturaleza? ¿No vemos las noticias que a diario nos presentan el aumento de la violencia del terrorismo, de la injusticia, de la inmoralidad, de la pobreza, y de la desvalorización de la vida y la persona humana? Y podríamos continuar mencionando las tantas «sombras oscuras» que amenazan a la humanidad, a la estabilidad familiar, a los valores fundamentales de toda sociedad, a la paz mundial, a la vida de los niños, de los enfermos, y de los ancianos. ¿Podríamos acaso no sentir temor ante el desprecio tan militante contra Dios, su nombre, sus mandamientos, su Iglesia y su amor, y las consecuencias tan funestas de un mundo que pretende vivir sin Dios?

Sin embargo, ante las nubes oscuras que surgen sobre el horizonte de la humanidad, el Santo Padre ha querido levantar muy en alto la Presencia de Cristo Eucarístico, luz y vida del mundo. El Verbo que hecho hombre vino al mundo para salvarlo, para redimirlo e iluminarlo en sus tinieblas, está realmente, substancialmente presente en la Eucaristía.

En medio del desconcierto del mundo de hoy, se presenta ante nuestros ojos Aquél que es Señor de la historia, que es el eje y centro no sólo de la historia de la Iglesia, sino también de la historia de la humanidad. Se levanta ante nuestros ojos cargados de penumbra, el don sublime y luminoso de Cristo en la Eucaristía, para darnos su luz, luz que brilla en las tinieblas y las tinieblas no le vencieron (Jn. 1).

¡Qué inmenso don, hermanos! Un año de la Eucaristía, un año de gracia y de luz. Un año de misericordia, señalada particularmente con «la indulgencia concedida por el Santo Padre a algunos actos de devoción y amor al Santísimo Sacramento». Año de contemplar, en medio de la inestabilidad del mundo, a Aquél que es el mismo ayer, hoy y siempre.

En este año, les invito a que, en la escuela del Corazón de María, aprendamos a contemplar el rostro ardiente del Salvador, a reparar por todas las ofensas al amor de Su Corazón, a reflexionar con profundidad la Palabra, a escuchar atentamente su voz y a disponernos a que el poder de la Eucaristía nos transforme e ilumine, a tal grado, que salgamos al mundo en sombras, a llevarles el fuego ardiente del amor del Corazón Eucarístico de Cristo.

Que en el Corazón de María, aprendamos a ser hombres y mujeres «eucarísticos», a guardar en el tabernáculo de nuestro corazón la presencia viva de Cristo que recibimos
en la Eucaristía y a ser como ella, canales transparentes de su presencia en el mundo. Que nos dispongamos en este año a ser iluminados ante la Eucaristía, para poder iluminar, con fuerza y dinamismo, a todos los hombres. «Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte» (Mt. 5,14).

¡Reine el Corazón Eucarístico!


Madre Adela Galindo, SCTJM

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